Proyectos Prácticos Para Nuestros Hijos – Primera Parte
por Steve Maxwell
En la actualidad es muy popular enviar a los hijos a otros lugares para que aprovechen toda clase de buenas oportunidades para el aprendizaje. Supongamos que enviaras a tu hijo a una organización que garantizara que le van a enseñar a compartir a Cristo eficazmente con otros. ¿Qué duración te imaginas que tendría el curso? ¿Qué le enseñarían a tu hijo? ¿Cómo le enseñarían?
En Lucas 10 leemos acerca de la ocasión en que Jesús envió a setenta de sus discípulos, de dos en dos. Les impartió la preparación que Él consideraba necesaria antes de que salieran. Estaban a punto de aprender algunas lecciones importantes que eran claves, pero que no hubieran podido aprender de ninguna otra manera. Debe haber sido una aventura muy singular.
Los discípulos no tenían mucho tiempo de haber iniciado se capacitación cuando empezaron sus “prácticas”. No tenían títulos ni diplomas de ninguna especie. Además, carecían de recursos financieros en los que se pudieran apoyar en caso de necesidad. Simplemente tenían a un compañero discípulo y el recurso de la oración. En la actualidad, muchos pensarían que semejante práctica de entrenamiento no es realista.
Me imagino que los discípulos mismos tenían ciertas dudas respecto a la tarea que se les había asignado, con la escasa preparación que habían recibido. Salieron, habiendo recibido un poco de instrucción verbal y la oportunidad de observar el ministerio de Jesús. Como advertencia, Jesús incluso les habló acerca de la posible persecución que pudieran enfrentar. “Pero cuidaos de los hombres, porque os entregarán a los tribunales y os azotarán en sus sinagogas” (Mateo 10:17). Los discípulos aún no habían experimentado el Pentecostés y, por tanto, no eran los hombres valientes que posteriormente llegarían a ser. Me siento seguro de que su entusiasmo respecto al viaje que estaban por emprender estaría templado en alguna medida por auténticas preocupaciones al iniciarlo.
¿Cuál fue el resultado de la misión de los discípulos? En Lucas 10:17 leemos que los discípulos regresaron con gozo. “Los setenta regresaron con gozo, diciendo: Señor, hasta los demonios se nos sujetan en tu nombre.” Estaban emocionados con lo que el Señor había hecho por medio de ellos. Es probable que toda la enseñanza del mundo no hubiera producido en ellos estos resultados.
¿Qué fue lo que hizo Jesús? Usó un proyecto para obrar poderosamente en sus vidas. No importaba que los discípulos no se sintieran cómodos, porque Jesús sabía que este proyecto les haría bien. No era algo que estuviera más allá de su capacidad, porque Él los había preparado con anticipación en todo lo que requerían.
Los proyectos son parte importante de la formación de hijos-discípulos, pero con demasiada frecuencia, los padres los ignoran. Los resultados de los proyectos pueden ser muy impresionantes. Recuerdo que en una ocasión alguien me elogió por lo sabio que he de haber sido para entrenar a mis hijos en las destrezas que habían adquirido. Yo me reí y dije: “Usted no me ha de conocer muy bien. No se necesita ser muy inteligente para sostener una zanahoria con un palo y una cuerda, delante de un caballo que quieres guiar.” Lo que yo quería decir era que no necesitaba saber más que mis muchachos. Sólo necesito motivar y retarlos. El Señor me ha mostrado que esto se puede lograr principalmente mediante el uso de proyectos.
Los proyectos son vehículos maravillosos para impulsar a nuestros hijos a aprender toda clase de cosas. Los proyectos de la vida real, que satisfacen una necesidad que pudiéramos tener en el hogar, fijan lo que un niño ha aprendido. También se convierten en estímulos que crean un deseo de aprender más.
Un obstáculo aparente para los proyectos pudiera ser la resistencia a intentar algo que nunca han intentado antes. Es probable que los discípulos también hayan sentido lo mismo. Sin embargo, allí es donde se aplica la zanahoria y la cuerda. Parte del éxito de un proyecto es aprender a motivar y retar a nuestros hijos. Queremos estimularlos a hacer su mejor esfuerzo, sin desalentarlos. Nuestra relación debe ser tal que el hijo confíe en nosotros y desee agradarnos. Así, hará su mejor esfuerzo. Necesita estar convencido de que estoy contando con él y que no le pediría que hiciera algo que no fuera capaz de hacer. (Nota: ¿Te das cuenta de lo importante que es conservar el corazón de nuestros hijos? Queremos motivarlos mediante la influencia, para no tener que recurrir a la autoridad.)
En ocasiones un hijo nos pudiera decir: “Papá, yo no sé hacer eso.” O quizá: “Me parece imposible.” En ese caso yo le contestaría: “Está bien. En ese caso te damos un poco más de tiempo para hacerlo. Yo sé que lo puedes hacer.” No es nada cruel ni irrealista informarle que de todas maneras tiene que hacerlo. Estoy criando hijos para que lleguen a ser hombres. Eso es lo que un hombre pudiera esperar en su ambiente laboral–retos que jamás ha enfrentado antes, y que hay que superar. No es cruel, porque yo sé que el hijo es capaz de hacer lo que le estoy pidiendo que haga. Sin embargo, lo que le estoy pidiendo está un poco más allá de su conocimiento inmediato y su experiencia actual. Esta es la manera en que aprende a enfrentar los retos, depender del Señor Jesucristo, y encontrar la manera de hacerlo. “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.” ¿Podrán nuestros hijos (y nosotros) aplicar la verdad de ese versículo a su vida diaria?
Algunos padres pudieran resistirse al uso de proyectos, porque les preocupan los aspectos financieros. Es cierto que algunos proyectos te pudieran costar algo, pero muchos de ellos no cuestan ni un solo centavo. Empieza con proyectos que no requieren inversión. Luego, a medida que aumenta tu confianza, puedes agregar proyectos que sí cuestan. Aun eso no debe ser problema para la mayoría de las familias porque casi siempre es más económico realizar un proyecto tú mismo que contratar a otra persona. Todo es cuestión de prioridades. ¿Cómo decidirás gastar tu dinero?
Me quedé asombrado recientemente cuando hablé con un padre de familia que gasta tres mil dólares cada AÑO para que su hijo pueda jugar en un equipo de hockey. Yo no puedo imaginar que nuestra familia hiciera eso, pero ellos lo hacen cada año. En mi caso, yo preferiría invertir los fondos que el Señor nos ha confiado en el entrenamiento de nuestros hijos en destrezas que valgan la pena y que surtan beneficios por el resto de sus vidas.
Un ejemplo, de muchos que podría compartir, es que la semana pasada Juan, de 14 años de edad, pudo bendecir a un vecino que necesitaba un trabajo de reparación muy complicado. La temperatura estaba a 40 grados centígrados la tarde que Juan ayudó a nuestro vecino. Aun cuando el proyecto lo realizó bajo un árbol, el calor era abrasador. Juan quería ser bendición para el vecino, y tenía la certeza de que era capaz de hacer lo que se tenía que hacer. Juan trabajó más de dos horas y finalmente tuvo éxito. El resultado final fue que hubo tres personas muy bendecidas, además de que se resolvió un problema. El vecino, que tenía una necesidad, recibió la bendición de que se hiciera su reparación sin costo para él. Juan tuvo la mayor bendición de todos, por el gozo de servir a otros. Además aprendió algo nuevo en el proceso. Finalmente, yo fui bendecido con gran satisfacción. Vi el deleite de Juan en servir a otros y su dependencia de Cristo para dirigirle cuando enfrentara retos más allá de su nivel de experiencia.
Hace varios años platiqué con un padre en unas conferencias para educadores en el hogar. A él le preocupaba su hijo de catorce años. No había una buena relación entre ambos. El hijo estaba aburrido. No tenía propósito en la vida. Yo exhorté al padre a encontrar algunos proyectos de interés para su hijo. Sugerí que buscara algo que fuera provechoso de alguna manera y que le dejara algo de aprendizaje a su hijo. El padre reflexionó por un momento y luego mencionó que la familia tenía una urgente necesidad de transporte confiable. Acababa de comprar otro auto, pero hacían falta extensas reparaciones antes de que pudieran contar con él. Lamentablemente, el padre no tenía ni el tiempo ni la experiencia para hacer las reparaciones. Se preguntaba si ese pudiera ser un proyecto que pudiera hacer su hijo, a pesar de que no tenía casi nada de experiencia en trabajos mecánicos.
Animé al padre a orar respecto al asunto. A mí me parecía que era una oportunidad de parte del Señor. Ese padre se retiró, y para sorpresa mía, me encontré con él un año más tarde en unas conferencias que dimos. Se acercó, se presentó, y me recordó la conversación que habíamos tenido anteriormente. Me emocionó saber que había motivado a su hijo a aceptar el proyecto de la reparación del auto. El hijo aprendió lo que necesitaba saber, desarmó la máquina y la volvió a armar. El Señor usó a un hijo de catorce años para proveer a la familia del transporte que necesitaban con tanto apremio. Fue una abundante bendición para la familia. El padre procedió a explicar cuánto había beneficiado también la relación entre ellos.
Los proyectos pueden ser tan benéficos para nuestros hijos, si nosotros los padres seleccionamos proyectos que los estiren. No es necesario que paguemos a otros para que hagan lo que Dios nos ha capacitado a nosotros para hacer por nuestros hijos. Hay mucho provecho en aceptar el reto de entrenar a nuestros hijos, conforme a lo mejor de nuestra capacidad, según el Señor Jesucristo nos dirija. Francamente, todos estaríamos de acuerdo en que, si Cristo nos capacita, podemos lograr todo lo que Él nos llame a hacer.

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