La Porción de Madre y Esposa
por Tere Maxwell
Lo siguiente es parte de un correo electrónico que recibí recientemente:
“Soy una madre que educa en el hogar (tengo 31 años de edad), con cinco hijos (de 13, 12, 10, 6 y 1 año de edad) y esposa de pastor. Nunca puedo sentarme al final del día sintiéndome satisfecha como para decir: ‘He terminado mis tareas para el día de hoy.’ Me siento tan cargada y presionada desde tantas direcciones. Mi casa está más o menos bien organizada. Mis hijos tienen sus responsabilidades. Son muy buenos hijos y otros nos felicitan mucho por causa de ellos. Pareciera que otros simplemente adoran a nuestra familia; sin embargo yo me siento simplemente desconcertada. Sí amo a mi familia y no la cambiaría por nada en el mundo. Pero me resulta tan difícil mantenerme al corriente de todo, todo el tiempo. Cuando concentro mi atención en una cosa, descuido otra; los hijos, mi marido, el quehacer de la casa, la iglesia, reuniones de mujeres . . . y, ¿qué decir de simple descanso o recreo? ¿Qué es eso? Es como si nunca hubiera tiempo suficiente para terminar con todo. No soy una persona perezosa. Trabajo demasiado, me agoto y me siento frustrada. Es un círculo vicioso.” Una agotada mamá educadora en el hogar (usado con permiso).
Es típico que yo encuentre esta clase de mensajes en mi correo electrónico. Expresa franca y honestamente lo que es la realidad del estilo de vida de la educación en el hogar. Personalmente, yo me puedo identificar con los pensamientos y sentimientos de esta madre, porque he tenido que luchar con lo mismo personalmente. Debido a estas luchas, he presentado mis preguntas ante el Señor, buscando su verdad. He querido entender lo que Él dice respecto a esto, más que lo que otros–aún madres educadoras en el hogar–pudieran decir.
A lo largo de mis más de veinte años de educar en el hogar, he visto que la tendencia dentro del círculo de los educadores en el hogar, al enfrentar los problemas que expresa esta madre, es dar consejos de la siguiente índole: toma las cosas con más calma, busca un plan de estudios más sencillo, hagan menos escuela, no te presiones tanto, no exijas demasiado de ti misma ni de los hijos, toma un descanso, consigue ayuda doméstica. Cualesquiera de estas sugerencias pudieran ser la solución para los problemas de esta madre. Sin embargo, he descubierto una verdad emocionante, aunque difícil, en mi estudio de las Escrituras en lo que se refiere a la tarea de la madre que instruye a sus hijos en el hogar. Este precepto bíblico no apoya el mismo consejo que nos gusta compartir entre nosotras. Yo también me inclino por dar consejo en el sentido de aflojar un poco. En lugar de eso, la Palabra invariablemente adopta una postura firme en el sentido de lo que yo he llegado a ver como simple y sencillamente, trabajar duro.
Durante mi tiempo de lectura bíblica, revisé el Nuevo Testamento entero buscando versículos aplicables a lo que deben ser nuestras expectativas como madres que educamos en el hogar, frente a la carga de trabajo que enfrentamos. ¿Cuánto trabajo debemos hacer? ¿Puedo contar con tiempo personal para hacer lo que yo quisiera hacer? ¿Qué de mi cuidado personal? ¿Qué dice la Escritura que se pudiera aplicar a este tipo de preguntas?
Conforme realizaba mi estudio, buscaba versículos que indicaran que yo tenía derecho a cierta medida de diversión, relajación, pasatiempos o algún tipo de enfoque sobre mí misma. No me hubiera caído mal encontrar algún consejo bíblico que apoyara esta tendencia de mi carne. Tengo que confesar que me sentí desilusionada, pero no sorprendida, al no poder encontrar ningún versículo aplicable. Encontré muchos versículos relacionados con ser sierva, morir a uno mismo y tomar mi cruz. Pero no encontré un solo versículo que mencionara, o siquiera hiciera alusión a diversión, pasatiempos ni relajación.
Los versículos que yo consideré que tuvieran algo que ver con tiempo para mí misma eran los que se referían al crecimiento espiritual, como: “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que maneja con precisión la palabra de verdad” (II Timoteo 2:15). O este: “Antes bien, creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A Él sea la gloria ahora y hasta el día de la eternidad. Amén” (II Pedro 3:18). Por estos versículos pude concluir que es importante apartar tiempo en mi día para estar a solas con el Señor, leyendo la Palabra, orando y memorizando la Escritura. Esto no se establece específicamente, pero está implícito en vista del resultado que se espera. El tiempo para Tere se habría de invertir permitiendo que el Señor Jesús me enseñara, edificara y alimentara. No pude encontrar nada que dijera que se debía gastar de manera egoísta haciendo lo que yo quisiera hacer.
No estoy diciendo que las mamás que educamos en el hogar nunca podamos hacer algo para nuestro propio deleite ni que nunca podamos descansar. Lo que estoy tratando de comunicar es que en la Escritura encontramos una imagen diferente a la que nos presenta el mundo, de lo que es nuestro papel como madres y nuestra carga de trabajo. El concepto que el mundo tiene del trabajo, casi cualquier tipo de trabajo, es que se ha de terminar lo más pronto posible para que seamos libres para buscar nuestros placeres personales. Esa clase de placer es lo único que motiva la vida de la gente del mundo. Cuando mis expectativas se concentran en mi deseo de tener tiempo para mis propios intereses, descubro que persigo lo que no satisface, y en el acto encuentro desilusión. Mi atención se concentra en mí misma, fácilmente me lleno de autocompasión por lo que me pudiera estar perdiendo y de insatisfacción con lo que estoy logrando, como lo expresa el correo citado al inicio de este artículo.
El Señor Jesucristo me está diciendo por medio de su Palabra, que mi enfoque no debe ser una búsqueda de diversión. Más bien debe ser Él mismo. Juan 15 me dice que debo permanecer en Él y Él en mí. Cuando mis pensamientos están en Él, mi corazón deseará ser obediente y no servirse a sí mismo, buscando librarse de su carga de trabajo. En medio de esa obediencia viene el trabajo duro que acompaña al servicio a otros, dar de mi tiempo y esfuerzo y morir a mí misma. Sin embargo, con ese sacrificio viene el gozo y el contentamiento al que se refiere Pablo en Filipenses 4.
Mi deseo es que cada una de nosotras seamos madres que tomemos la decisión de seguir obedientemente a Jesucristo, con corazón de sierva, sin escuchar las mentiras del mundo.

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